Doctorado y salud mental

Foto de Sara εïз

Foto de Sara εïз

Hace unas semanas tuve la oportunidad de leer unos artículos (como por ejemplo éste) sobre la incidencia de problemas relacionados con la salud mental en el
ámbito académico.

Cuando me refiero a salud mental no hablo en términos eufemísticos, sino que me refiero realmente a la incidencia real de este tipo de problemas, especialmente entre los doctorandos. El artículo que abrió el debate se refería a problemas como depresión, trastornos del sueño y de la alimentación, ansiedad y pensamientos suicidas. No hablamos entonces de un estado de tristeza pasajero, sino de problemas de salud reales.

Yo no soy una eperta ni en psicología, ni en medicina ni en nada por el estilo, pero sí que estos datos me hacen reflexionar. En este post quiero comentar algunas de las razones que hacen difícil nuestro camino y que pueden afectar a nuestro estado de salud, ya sea física o mental.

En primer lugar, creo que el perfeccionismo que guía el trabajo de muchos de nosotros se une a unos niveles de exigencia ya muy elevados. No puedo decir que eso sea la causa y, repito, no soy una especialista, pero creo que muchos doctorandos pecamos de aspirar a unos estándares de calidad muy altos, que pueden crear un estado de tensión que puede favorecer estados de estrés.

No creo ser la única que vive también un constante miedo al fracaso. Los obstáculos que parecen infranqueables, la idea de dejarlo (sobre todo a raíz del cambio de tema en mi caso), la percepción de no conseguir llegar a ningún sitio, todo eso gera también un estado general bastante negativo.

Además, hay personas que tienen realmente muchísimo trabajo y conseguir completar todas nuestras tareas a tiempo, con los estándares de calidad exigidos (o autoexigidos), a veces es muy difícil, y puede ser una ulterior fuente de tensión.

En segundo lugar, tengo la impresión de que el nuestro es un trabajo en el que las gratificaciones no son muy frecuentes. Por ejemplo, con respecto a la
tesis, podemos estar satisfechos del último capítulo que hemos escrito, pero hasta que el capítulo no esté revisado por el director y hayamos recibido las
consecuentes críticas, seguro que nos vamos a descansar. Y puede que las sugerencias del director lleguen cuando ya estamos trabajando en otro apartado, por
lo que el ciclo empezaría otra vez. Incluso cuando tengamos la tesis un día impresa en nuestras manos (¡ojalá!), todavía nos quedará defenderla. Y una vez defendida, eso no es más que una línea en nuestro currículum, luego faltará poderla aprovechar para encontrar trabajo, con las dificultades que ello conlleva. La inseguridad profesional que rodea el ambiente en el que nos movemos hace difícil gozar de las pequeñas gratificaciones que rodean nuestro trabajo. Que queramos o no, es un ambiente extremadamente competitivo, en el que hay sitio para muy pocos.

Otro factor que seguramente influya en un posible malestar en nuestro gremio son los sentimientos de culpa. Por mucho que seamos empleados de una universidad o un centro de investigación y tengamos un director y/o un superior, en relación con la tesis somos los jefes de nosotros mismos. Y somos unos jefes muy exigentes. No me refiero solo al perfeccionismo y a los estándares de calidad a los que nuestro trabajo está sometido, sino más en general a la gestión de nuestro trabajo. Nos sentimos culpables si estamos procrastinando, sin indagar por qué no conseguimos
concentrarnos en el trabajo. Planificamos nuestro trabajo de forma ambiciosa, creando una programación que muchas veces no podemos cumplir, con la
consiguiente culpabilidad y/o estrés. Incluso, muchos de nosotros trabajan aunque estén enfermos, incluso muy enfermos. Conozco personas que anteponen el
trabajo a su propia salud y eso, lejos de constituir un motivo de orgullo, es un peligro para nuestro bienestar físico y mental. No se trata de casos aislados, porque por ejemplo en este blog hay una sección entera en la que se habla de experiencias de este tipo.

Una contradicción más concierne al hecho mismo de trabajar en la universidad, y me refiero especialmente a quienes, como yo, tenemos el privilegio de ser becarios. La frase que acabo de escribir ya lo dice todo, me refiero al hecho de considerar la beca como un privilegio. Y eso crea un conflicto evidente entre la conciencia de tener la suerte de estar trabajando e investigando en la universidad, y las dificultades que este camino acarrea. Sé que tal y como está el país tener un trabajo, encima más o menos garantizado durante unos años es un privilegio, pero eso no quita de que de alguna manera lo hayamos merecido. Ganar una beca no es fácil, y seguramente algún mérito tendremos. Y por otra parte, ecribir una tesis es difícil, ¿por qué no deberíamos poder expresar esa dificultad? ¿Acaso no está permitido arrepentirse o manifestar nuestras dudas o dificultades? Tenemos la suerte (no quiero decir privilegio) de trabajar en la universidad durante un tiempo, pero repito, es un trabajo muy ingrato y que no garantiza un futuro a nivel profesional. ¿No son razones suficientes para quitar la etiqueta de “privilegiados”?

No quería acabar este post con tanta negatividad y pesimismo, sino con una petición. Si estáis tristes, enfadados, si tenéis mucho estrés, si notáis que la negatividad se os va de las manos, si véis que los estados anímicos negativos empiezan a prevalecer, pedid ayuda. Cada uno tendrá a alguna persona de confianza con la que hablar, personas que nos apoyan de forma incondicional, otros doctorandos que pueden escuchar y dar consejos, o incluso profesionales sanitarios competentes, si hiciera falta. No os sintáis solos. Cada uno tendrá sus problemas y dificultades y sus situaciones concretas, pero no estáis solos. Que la tesis no os pueda. No merece la
pena.

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3 comentarios en “Doctorado y salud mental

  1. mjaguilarid dijo:

    Tu post me parece sumamente interesante y necesario.

    En mi opinión, y a partir de mi propia experiencia personal, todos los rasgos que describes no son, lamentablemente, exclusivos del período de tesis doctoral, sino que continúan y se extienden (y profundizan) más allá del doctorado, durante toda la carrera y vida dedicada a la investigación.

    Por experiencia personal te diré, y ojalá esté equivocada, que pedir ayuda no sirve casi de nada: las condiciones son estructurales del sistema de investigación en este país, y los profesionales de ayuda solo aconsejan comportamientos “naïf” que no son prácticos, salvo que quieras salirte de este mundo.

    Un saludo y ánimo con tu tesis.

    • Gracias por tu comentario.
      Sé que están extendidos los problemas de salud mental en el ámbito académico en general, pero yo simplemente quise hablar del ambiente que más cercano tengo.

      En uno de los artículos que inspiraron mi post se mencionaba el caso de un chico que llegó a suicidarse. No puedo decir que su frustración académica haya sido la causa, pero igual pudo influir. Y antes de llegar a eso, hay mucha gente a la que se puede pedir ayuda.

      No creo que cualquiera sugiera salir de la investigación, sobre todo si es nuestro trabajo. No me imagino un médico aconsejando a un paciente que deje su trabajo. Es una simple opinión. Igual pueden ayudar a tener mayor autoestima, aguantar mejor el estrés o desarrollar una actitud más resiliente (son simples opiniones personales, no soy una especialista).

      Los factores que describo no son únicos del doctorado, pero puede que los doctorandos tengamos añadida una mayor inseguridad sobre nuestro futuro. No quiero infravalorar las dificultades que se pueden tener en otras etapas de la carrera investigadora, ni mucho menos, simplemente hablo de la experiencia más cercana, la de hacer el doctorado.

      Gracias de nuevo por tu comentario

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